Carlos Coronado Ortega:
Fragmentos para un discurso Pictórico

Texto escrito por Gabriel Trujillo.

Monumentalidad:
Hablar de la obra de Carlos Coronado Ortega es relatar una de las Epopeyas pictóricas del norte mexicano. Pero en su caso, cuando se menciona la palabra epopeya, no se hace referencia a que su trabajo –pictórico, escultórico, grafico y artesanal– plantea necesariamente una historia prometeica, una saga de contenidos épico, un relato del hombre como Dios de sus propias acciones, sino que su creación es epopéyica por si misma, es decir: Por su composición y sus colores, los materiales que utiliza y por la manera en que los distribuye en la superficie de cuadros y muros, un canto coral, un tono superior, una munomentalidad que siempre esta rompiendo sus limites para acceder a la plaza publica de la vida común, a los espacios abiertos que el arte contemporáneo preside y celebra.

Ars Combinatoria:
En la obra de Coronado no hay un universo con personajes reconocibles, como en Hckney y Botero, o una luz permanentemente visible, como Armando Reverón. En Coronado solo hay-y esto es lo fundamental-una observancia fiel del mundo, un seguimiento visual del hombre, pero no como una realidad a secas o imaginaria visionaria o fantástica, sino como persistencia de la luz y desglose de su espectro: una comunidad de colores que arrebatan la mirada tanto por su singularidad como por la comunión que establecen entre s í frente al espectador que no cesa de perderse en sus combinaciones y recombinaciones. Por ello, el arte de Coronado es caleidoscópico. Esto es: Luz en movimiento.

Autorretrato:
El mozalbete pagado de sí mismo, mirada confiada y pícara curiosidad, es el que asoma en el autorretrato que Coronado hace en 1967. este jovenzuelo –aunque el pintor envejezca como todos nosotros – es el sigue observando el trabajo plástico que este realiza. Es alterego del creador que no se toma en serio y que se ríe de sus pinturas con humor envidiablemente adolescente. Si su obra pregona una ligereza que la mantiene ajena a una solemnidad petrificante, se lo debemos a la capacidad de Coronado para liberarse de lastes innecesarios, para instaurar, por medio de su arte, una fiesta inagotable , un jolgorio, el reventón colorístico que nuestro pintor demanda en sus lúdicas pinceladas, su franqueza visual y temática.

“Aquí estoy - Parece decirnos- listo para darle apodos al mundo, para reírme de la vida y de los vivos, de los vividores y de los voraces, de ti y de mi a un mismo tiempo, en una misma carcajada”

Gozos:
Las texturas que reconocen como veloces caligrafías muchas de las pinturas de Carlos Coronado, bien pueden sugerir una versión, en rayos x, de la condición humana. Esas mismas texturas son las que crean nuevas posibilidades visuales, es decir, nuevas lecturas. Otras interpretaciones. Lo anterior solo interesa a quien sopesa la obra de Coronado con sentido crítico, pero a quien simplemente la ve y la disfruta como un todo: las texturas no dicen, solo otorgan placer y vivacidad a quien las mira. Esto es: ofrecen un bien apreciadísimo por todos nosotros: la alegría, el gozo pleno. La saludable vitalidad de formas y colores.

Minimalía:
Visible es la capacidad de síntesis de Carlos Coronado. Pero no como la del dibujante que con unas cuantas líneas traza una figura reconocible para todos, sino como la del creador que logra, con el uso mínimo de colores y texturas, un mundo propio, una historia que captura nuestro interés y nos conduce, a través de episodios de luz y sombras, de opacidades y resplandores, hasta el centro irradiador de sus imágenes, hasta el núcleo fundamental de sus visiones.
Juego: Obra prolífica la suya, extensa en formas, Formulas y materiales. Coronado es un experimentador lúdico, un apostador de su propia creatividad. Alguien que sabe por instinto que el arte es un juego, pero un juego riesgoso, donde nada es estable o se halla confirmado de antemano. Ganar o perder aquí no cuenta. Solo vale el acto mismo de la creación, el gozo que conlleva hacer un trabajo bien hecho, una obra artística perdurable, una jugada arriesgada y venturosa: este mural, este dibujo, esta pintura.

Contrapesos:
La brillantez cromática de sus colores no es la única vía expresiva con que cuenta Coronado.
En sus pinturas los espacios oscuros, la parte sombría, surgen una y otra vez como un contrapeso a la vitalidad de sus cuadros. Es la tiniebla que reclama su lugar en ese espacio resplandeciente, el vínculo con una oscuridad que sin ser amarga, hiere y confunde con una sola presencia.
Estos elementos contrapuestos le confieren a su obra una complejidad que le permite alcanzar el tono ambiguo, la atmósfera opresiva y gesticulante que escenifica el revoltijo de la vida que somos, el vuelo resante de nuestras Propias monstruosidades en el espejo formal de su pintura.

Territorios:
La exploración plástica de Carlos Coronado recorre un mapa espacio-temporal habitado, en sus extremos, por la plasmación ancestral de los colores como una forma de estremecer, de perturbar a quien los mira, de no dejarlo intacto y , en cambio trastocar sus anteriores puntos de referencia, sumiéndolo en la conmoción/revelación de los sentidos, al mismo tiempo que, por otra parte, se busca develar a la historia, hacerla visible desde la perspectiva de los hombres y mujeres que se empeñaron en crear el paraíso aquí, en la tierra; arquetipos visuales de un pueblo que vive entre la resignación y la esperanza. Aquí tiene su raíz el expresionismo evidente de sus figuras, la rueda gestualidad anónima que las define, la linealidad que las inscribe en la cartografía de nuestros afectos, en el territorio sin par de la memoria individual y colectiva.

Santidad:
En su obra hay una ausencia perceptible: la divinidad y su coro de angélicas criaturas. Lo divino, a lo mas, adquiere una cierta teatralidad de opera bufa, de pastorela mexicana. Dios y el diablo son personajes ridículos y risibles por sus torpes intentonas de engañarse mutuamente. Todo en Coronado es terreno, todo lo suyo habita al ras del suelo. Sus cristos y sus santos son sujetos de la vida real, hijos de dolor y sufrimiento que vislumbra humano –y nada más que humano- ahora y siempre.

Rupestre:
Hay historias que lindan con el mito. Lo mismo sucede con ciertas pinturas de Coronado: Son el espacio donde la leyenda surge con ferviente colorido, con fuerza milenaria. Tal vez por que nuestro creados percibe que es sucesor de aquellos que pintaron el paso de los dioses y el trayecto de los astros en las cuevas y rocas de la antigua Baja California. O quizás por que Coronado reconoce que la pintura es un lenguaje que sacraliza, una manera de dialogar, sin cortapisas, con otros tiempos, con otros hombres, con otras vidas. Comunicación y consagración. Su pintura es un mortero donde se muelen y se mezclan el mito y la historia, el pasado y el futuro, junto con los sueños que viven cada uno de nosotros.

Texturas:
No todo este dicho explícitamente en la obra de Coronado. A una buena porción –la menos pedagógica, lo menos evidente- se la descifraron con dificultad o nunca se le comprende del todo. No hay, es cierto, una premeditación por ocultar nada en nuestro pintor, pero si hay elementos (formales y de contenido) que escapan a su dominio, de tal forma que ni él mismo se percate de que están allí o tiene idea de cual es su finalidad en el universo de su obra pictórica. Uno de los elementos tal vez el más aleatorio e impredecible, lo constituyen sus texturas. En ocasiones, las texturas parecen estar allí solo para decorar, pero otras veces son una especie de caligramas, de tatuajes con la vida propia, que llevan en el cuadro una existencia autónoma e independiente. Las texturas se vuelven, así un lenguaje simbólico, son las ruinas que invocan, por su disposición, una figura mágica otra forma de nombrar las cosas de este mundo, de transmitir al espectador la carga mitológica que cada ser contiene por sí solo.

Ligazones:
Hay muchos factores que unen la obra de Coronado con la de sus compañeros de generación en Mexicali: Estímulos parecidos, aprendizajes comunes, conversaciones y lecturas similares. Pero hay un elemento que, como el foco de Guernica, pende sobre él y sus compañeros pintores: la luz solar de este valle semidesértico y sus implacables reverberaciones. Como Isaac Newton lo descubriera en sus últimos años de vida: el espectro de la luz es un fenómeno no solo físico, sino alquímico, capaz de sintetizar en su blancura la resonancia visual del universo. Y Carlos, como discípulo secreto de Isaac Newton, ha sabido plasmar es luminosidad en sus pinturas, esa formula proteica: la ligazón alquimia del mundo.

Figuras:
Una Característica de Coronado es su interés marcado por una proporcionarnos una simbología transparente que va más allá de lo figurativo.
Sus “hombres de negocios”, por ejemplo, son deudores de Francis Bacón, pero también lo son de su propia visión del mundo, de la escala de valores que observa nuestro tiempo y que plasma, con meticulosa ironía, en sus pinturas.

Lingüística:
Artista de su tiempo, Carlos Coronado lo es incluso en aquellos motivos ya expuestos por la historia del arte una y mil veces. Pero Exponer lo antes visto no es, en su caso, una imitación puesta al día, sino otra vuelta de tuerca, una adaptación que suma nuevos elementos a lo ya conocido. Así, Coronado Logra aislar una esencialidad creativa que no deja de atraer al espectador por la certera combinación de los elementos materiales, vivenciales y sensibles que individualmente, ya han sido plasmados por otros creadores, pero que en conjunto, representan una obra original pro su capacidad de camuflaje, de su metamorfosis. Esta mimesis pictórica es, por su incansable transformación, un lenguaje vivo, una obra con voz propia.

Comunicación:
El arte de Coronado invita al dialogo. No es una transmisión en un solo sentido o un discurso planteado para uso exclusivo de unos cuantos. En realidad, su obra es la manifestación de una voluntad que busca comunicar los sueños y las esperanzas comunes a todos, que quiere compartir con cada uno de nosotros ese milagro de luz que llamamos vida; y que desea, en especial recibir una respuesta de parte de su publico, una reacción –cualquiera que esta sea, pero esa reacción al fin- que ofrezca constancia fiel de que su trabajo creativo ha tocado una fibra sensible entre nosotros.

Muralismo:
Buscar, pretender, promover que los muros de los edificios públicos sean los libros de texto de nuestra historia; el recuento, con imágenes de nuestro pasado. Coronado fue, en el caso de Baja California, el primero en trasladar este impulso nacionalista a las paredes y muros de oficinas bancaria, hoteles, escuelas y bibliotecas. El muralismo de Carlos ha sido ejemplar en dos sentidos: por un lado demostró, en un época en que no existían espacios para la exhibición de pintura, que el arte podía acceder a un público numeroso y atento. Por otro lado, dio la muestra de que no era necesario pertenecer a los cánones de la escuela mexicana de pintura para hacer murales, que todo estaba permitido si se hacia con una técnica solvente y depurada, con una visión global y temática a tratar y con gusto por las grandes superficies, por la epopeya regional de nuestros míticos pioneros.

Lo regional:
Hombre del desierto, Carlos Coronado Ortega conoce bien la historia local, los gestos de la arena. Su pintura es una recopilación de todo lo que nutre a esta vida de amplios horizontes y vividos colores, donde la nitidez afila y afina nuestras percepciones.
Ocres y rojos arden con una llamarada que encegue, con una brillantez granítica y milenaria. Pintura rupestre la suya: continuadora de una tradición de brujos y chamanes. “Todo lo que se parece decirnos el trabajo pictórico de Coronado- esta en el suelo que pis, en la sal de esta tierra, en el liquido mineral de los ojos de agua. Este desierto, con sus escuetos espejismos y sus quimeras relampagueantes, habita mis colores y texturas, resplandece en cada uno de mis cuadros. Es una presencia que respira con cada pincelada que doy, con cada figura que trazo e ilumino. Esta magia de que estoy hecho, la desierta edad que me alimenta, el reloj de arena que cuenta mis afanes, la luz de mis delirios”.

Perdurabilidad:
En Coronado, su relación con el mundo no pasa por la contemplación bucólica sino por un figurativismo donde lo social y lo político saltan a la vista por medio de símbolos evidentes e ideogramas ideológicamente bien definidos. Agraciadamente, el valor de la pintura de nuestro artista no reside en su posición ante las realidades del mundo, sino en su forma de asumir el reto de la creación plástica, de plantearse un discurso pictórico. Los esquematismos salen sobrando cuando el artista logra que su obra viva por si misma y responda a sus propias fuerzas internas, a su propia estructura y composición. El reto final no consiste en lo que se expresa (no deja de ser importante), sino en la manera de expresarlo sin respaldos ajenos a la propia creación artística. Y en Coronado, esta manera de goza de una solvencia técnica y de audacia formal que hacen a un lado –le guste o no al propio creador- los aplauso y las rechiflas de la critica; porque en su obra las cosas temporales se vuelven perdurables, le devuelven a la historia su condición primigenia de testimonio mitológico de lo increado, crónica del universo como un todo que el pintor sintetiza en una pincelada, en un color, en una mancha.

Temas:
El artista Es un profeta oculto que solo se revela en sus obras. En cada creación suya se cumple una profecía, se deletrea el hombre del dios que somos todo. En Carlos Coronado El alfabeto del mundo revela una luz que refulge, un muro de sombras, el tiempo que tamiza nuestros rostros, la vida que gozamos y nos goza, la muerte que taconea- ya lo decía don José Gorostiza- como una putilla del rubor helado, como una niña que ya lo sabe todo, como una adivinadora que cobra por decirnos la suerte, por engañaros.

Carnaval:
Ver la Obra de Coronado es participar en una fiesta que no termina nunca, mientras haya ojos para verla y cuerpo para disfrutarla. He aquí el zangoloteo del color, el danzon de las texturas, la cumbia del humor desaforado, de la vida publica/pubica, del carnaval que vive en cada uno de nosotros. Para nuestro creador no es necesario, como en Francisco Toledo, mostrarnos el alacrán del sexo, la fisura vulvar de los insectos; le basta con dejar que sus figuras se encimen unas con otras, que sus colores eyaculen, que sus texturas se abran de par en par, dispuestas al jolgorio, a la fiesta de cabal de los sentidos.

Contexto Vital:
Hay otra forma de contar con el itinerario de Carlos Coronado Ortega: es aquella que pasa por su vida personal, sus actividades y reconocimientos, sus compañeros de generación y sus alumnos. Historia de etapas sucesivas, de Hallazgos y descubrimientos, Sonora y Baja California. Los años Setenta y la transición hacia la modernidad creadora. Los años ochenta y la madurez esplendente. Los años noventa y los homenajes, los intentos de darle un pedestal al que propio Coronado Rehuye Subirse. Pero en todo este mare mágnum de hitos pictóricos, tragedias personales y ardua labor creativa, quedan momentos que nadie olvida: en la galería particular de Juan Tapia, a principios de los años setenta, Coronado firma una tela en Blanco para escándalo de sus compañeros de exposición. O Coronado subido en una escalera, allá arriba, en el paraíso de su imaginación, esforzándose por terminar a tiempo el mural de la biblioteca Publica De Mexicali. O en su estudio, tallando un cristo de tamaño natural para una comunidad indígena de Sinaloa, Que lo necesita para su templo recién terminado de construir. O enseñando en la Casa de la cultura de Mexicali los rudimentos del oficio pictórico a los creadores jóvenes como Edgar Meraz, Ramón Tamayo y Ramón Carrillo Romero. O en la ciudad de México, con un paliacate rojo y su finta de norteño, entre publico todo vestido de traje, en la inauguración de la exposición colectiva del grupo “Lindero de Norte”, en la galería de Hilda Borja en San Ángel. O en cualquier fiesta o reunión echando pullas con Rubén García Benavides, Jaime Brambila o Manuel Aguilar. Ese es el Carlos Coronado que todos conocemos. Un hombre hecho a la medida de su arte: de corazón monumental y alegría prodigiosa. Un bárbaro del norte que ha sabido atender el llamado de la pintura, que ha logrado unir la cosmogonía de los antiguos californios con las visones del arte del siglo XX, para darnos, en suma, una porción del primer día del universo, la imagen refulgente de un paraíso que todos los días nace ante nosotros, que en cada una de sus obras mantiene su luz propia: vertiginosa, intensa, inagotable.